En política, las encuestas son fotografías de un momento, no certificados de excelencia. Reflejan percepciones, registran tendencias y ofrecen señales sobre la relación entre gobernantes y gobernados. Pero también obligan a formular una pregunta fundamental: ¿qué hay detrás de los números y qué tan lejos pueden llegar para explicar la realidad cotidiana de una ciudad?
La más reciente medición de Mitofsky, publicada por El Economista, coloca a Ana Paty Peralta, presidenta municipal de Benito Juárez, municipio donde se encuentra Cancún, con una aprobación ciudadana de 64.7 por ciento en octubre de 2026. El estudio considera a 150 presidentes y presidentas municipales del país. El dato la sitúa en la primera posición del ranking nacional y la convierte en una de las siete autoridades municipales que superaron el umbral del 60 por ciento.
La cifra es relevante. Sin embargo, su verdadero significado comienza cuando dejamos de mirar únicamente la posición en la tabla y examinamos lo que representa gobernar uno de los principales destinos turísticos de México.
Alcanzar una aprobación de 64.7 por ciento coloca a Ana Paty Peralta ante una realidad política que merece atención: una parte importante de la ciudadanía consultada expresa una valoración favorable de su gestión.
En un municipio de las dimensiones de Benito Juárez, donde conviven el dinamismo económico, la actividad turística, la expansión urbana y profundas diferencias sociales, la percepción ciudadana es un indicador que no debe subestimarse.
Pero tampoco debe interpretarse como una autorización para dar por resueltos los problemas públicos.
Cancún no se mide exclusivamente por sus hoteles, sus playas, la llegada de visitantes o la generación de divisas. También se mide por la calidad de sus calles, la eficiencia de los servicios públicos, la movilidad, la seguridad, el alumbrado, la recolección de residuos, la infraestructura urbana y las condiciones en las que viven miles de familias.
La evaluación de una administración municipal exige mirar ambos lados de la moneda: la imagen que proyecta el gobierno y la experiencia diaria de quienes habitan la ciudad.
Por eso, el resultado de Mitofsky debe leerse como un indicador de aprobación, no como una evaluación definitiva de todos los servicios, programas y decisiones del Ayuntamiento.
Hay otro elemento que merece atención. La propia medición reporta que la aprobación promedio de los 150 alcaldes descendió a 49.1 por ciento en octubre, después de ubicarse en 51.5 por ciento en agosto y 55.2 por ciento en abril.
Es decir, mientras el promedio nacional muestra una tendencia descendente durante tres mediciones bimestrales consecutivas, el resultado de Cancún destaca dentro del universo evaluado.
La comparación ofrece un dato interesante, aunque no explica por sí sola las razones de esa diferencia. Para determinar qué factores influyen en la aprobación de una alcaldesa sería necesario examinar otras variables: el conocimiento de sus acciones, la percepción de seguridad, la satisfacción con los servicios municipales, la confianza institucional y las diferencias entre grupos de población.
Una encuesta registra respuestas; la interpretación rigurosa requiere contexto.
La popularidad de una autoridad se fortalece o se debilita en la relación cotidiana con sus gobernados. Las campañas de comunicación pueden contribuir al conocimiento de las acciones gubernamentales, pero la confianza duradera depende también de resultados verificables.
En Cancún, la exigencia ciudadana no termina cuando se publica una cifra favorable. Al contrario, una aprobación elevada hace todavía más importante mantener abiertos los canales de evaluación, atender las inconformidades y corregir aquello que no funciona.
Toda encuesta tiene alcances y limitaciones. De acuerdo con la información difundida sobre el ejercicio, la medición contempló a personas mayores de 18 años con teléfonos inteligentes y acceso a internet. Este dato metodológico es importante porque permite identificar el tipo de población al que se dirigió el cuestionario.
El resultado de Ana Paty Peralta merece ser registrado por su dimensión nacional y por el lugar que ocupa Cancún en la conversación sobre la evaluación de los gobiernos municipales. Pero el análisis periodístico no debe detenerse en celebrar o cuestionar una cifra: debe explicar qué significa, qué no demuestra y qué preguntas deja pendientes.
El 64.7 por ciento es un indicador favorable dentro de esta medición. Convertir ese dato en una conclusión general sobre el desempeño municipal requeriría contrastarlo con indicadores de servicios, seguridad, infraestructura, transparencia y satisfacción ciudadana.
Gobernar Cancún supone atender una ciudad con enormes oportunidades, pero también con necesidades complejas. La responsabilidad institucional consiste en responder a ambas realidades con decisiones, resultados y mecanismos de evaluación pública.
Porque en política los números pueden abrir titulares, alimentar conversaciones y modificar percepciones. Sin embargo, la relación entre un gobierno y su ciudadanía se construye todos los días.
La encuesta ofrece una fotografía de la aprobación; el trabajo cotidiano del gobierno determinará cómo evoluciona esa percepción.
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