PODER Y ESTADO PERFILES

El manual de la traición política

Por Joaquín Pacheco Cabrera
Editorial | Grillos y Grillas de Quintana Roo

La política tiene reglas no escritas que todos conocen y pocos respetan. Una de ellas es clara: mientras el poder está en ascenso, sobran los aliados; cuando el poder se desgasta, comienzan las desbandadas. En ese contexto, la lealtad deja de ser virtud y se convierte en estorbo.

El caso de Atenea Gómez Ricalde no es una anécdota menor ni un simple chisme de café político; es un ejemplo de cómo el pragmatismo extremo termina erosionando la credibilidad y dejando huellas difíciles de borrar.

Atenea llegó a la presidencia municipal de Isla Mujeres bajo las siglas del PAN. Luego, sin mayor pudor ideológico, cruzó la acera para buscar su reelección en 2024 con Morena, inaugurando así una traición partidista que fue justificada con discursos de conveniencia, pero que muchos nunca olvidaron. En política, cambiar de camiseta no es gratis, y la factura siempre llega.

Sin embargo, el episodio que hoy genera mayor indignación ocurrió el 24 de diciembre de 2025. De acuerdo con versiones coincidentes en distintos círculos de poder, la alcaldesa viajó a Valladolid, Yucatán, al rancho del líder radiofónico Don Gastón Alegre, para reunirse con el hoy director de Aduanas, Rafael Molinero. No fue un encuentro casual ni social; fue una reunión política con mensaje claro.

Ahí, según estas versiones, Atenea cruzó una línea que para muchos es imperdonable: dar la espalda a quienes la impulsaron y cobijaron para lograr la reelección. No se trató solo de inconformidad interna, sino de una abierta búsqueda de nuevo padrinazgo político, justo cuando los ciclos de poder comienzan a cerrarse.

Se afirma que en esa reunión la presidenta municipal manifestó su rechazo a las decisiones de Morena, acusando al partido de intentar imponer como candidato a la presidencia municipal al secretario de Salud, Flavio Carlos Rosado. Atenea, dicen, quiere imponer a su síndico municipal, José Inés Aguilar, descartando incluso a Edgar Gasca, a quien habría tachado de traidor. Resulta irónico acusar de traición cuando el historial propio está marcado por ella.

Lo más grave no son los desacuerdos internos —comunes en cualquier partido— sino que, en ese mismo encuentro, Gómez Ricalde habría refrendado su apoyo total y compromiso político con las aspiraciones estatales de Rafael Molinero, enviando una señal inequívoca de ruptura y reacomodo.

Hasta ahora no hay desmentidos contundentes. Y en política, cuando nadie aclara, es porque algo se dijo y algo se pactó. El silencio no absuelve; confirma.

En los pasillos del poder ya no se habla de estrategia, sino de desconfianza. Porque quien traiciona al partido que la llevó al poder, traiciona también a los acuerdos, a los aliados y, eventualmente, a la ciudadanía que votó por un proyecto que hoy parece diluirse en ambiciones personales.

Hay una máxima que se repite con crudeza en la grilla quintanarroense: la traición no es un accidente, es un método. Y quien la adopta como forma de hacer política termina aislado, aunque momentáneamente encuentre refugio.

En Quintana Roo, la memoria política no perdona. Y los grillos ya tomaron nota.

Related Articles