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Diego Castañón: alcalde nómada, político extraviado

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Diego Castañón: alcalde nómada, político extraviado

Por Joaquín Pacheco Cabrera

En política, caminar solo no es valentía: es orfandad. Y en Tulum, el presidente municipal Diego Castañón no solo camina solo… ya ni camina por Tulum.

La pregunta que corre como chisme bendecido por el pueblo es sencilla, directa y venenosa:
¿a qué intereses políticos atiende Diego Castañón… y desde qué ciudad lo hace?

Porque con la presidenta Claudia Sheinbaum, no está. No hay foto, no hay saludo, no hay guiño. Ni siquiera un “like” político.
Con la gobernadora Mara Lezama, tampoco. Y eso ya no es descuido: es mensaje.

Entonces, ¿en qué dimensión política vive el alcalde de Tulum?
¿En la 4T? No.
¿En el estado? Tampoco.
¿En el municipio? Menos.

La versión que se escucha —y que ya no se susurra, se grita— es que Diego Castañón solo se debe a un santo patrono: Ricardo Monreal.
Que gracias a él fue suplente.
Que por una tragedia terminó siendo titular.
Y que en la reelección volvió a recibir la bendición desde San Lázaro.

O sea: alcalde por accidente, político por encargo.

Así que no, Diego no le debe nada a Palacio Nacional ni al Gobierno del Estado.
Se debe —dicen en corto y en largo— a Monreal.
Y como todo político sin territorio, gobierna con llamadas, no con presencia.

Y ahí empieza el desfile de despropósitos.

Porque el año pasado nos regaló una postal digna del surrealismo político: paseó por Tulum a Enrique Vázquez Navarro, alias “el veracruzano”, sin residencia, sin arraigo y sin vergüenza, pero con informe legislativo, agenda política y acuerdos locales… como si la Constitución fuera opcional y el municipio Airbnb.

El clímax llegó el 6 de enero: con la rosca de Reyes como coartada, armaron gira domiciliaria con apellidos de peso: Má, Tah, Balam, Dzul, Cobos.
Todos invitados… menos los Portilla y los Barbachano.
Porque en la política de Castañón, la inclusión es selectiva y la legalidad decorativa.

Rosca hubo.
Selfies también.
Legalidad… esa se quedó esperando en el coche.

Y ojo: quien levantó la ceja —y la voz— fue el regidor Eugenio Barbachano.
El mismo que antes era soldado fiel del castañonismo.
El que defendía, atacaba y golpeaba políticamente por encargo.
El que le hacía la vida imposible a Jorge Portilla cuando era director de Turismo.

Hoy, Barbachano es crítico.
Y cuando un exsoldado empieza a disparar verdades, no es traición: es autopsia política.

Mientras tanto, Tulum vive una realidad de abandono institucional:
– Solo políticamente.
– Solo en gobernabilidad.
– Y solo los fines de semana, cuando la delincuencia gobierna porque el alcalde gobierna… desde Monterrey, donde dice sentirse más seguro que en su propio municipio.

Y aquí viene la pregunta que da risa y coraje al mismo tiempo:
¿cómo buscar más reflectores, más cargos y más futuro político, si huyes del presente que juraste gobernar?

El Ayuntamiento de Tulum administro 1,273,885,934 pesos en 2025. Más de mil doscientos setenta millones de pesos.
Una cifra monumental para un municipio donde el presidente municipal no está.

¿En qué se gasta?
¿Quién vigila?
¿Cuánto crecerá la deuda?
¿Y quién paga cuando la improvisación se convierte en política pública?

Porque cuando llegó la crisis turística, Diego Castañón nos regaló su obra maestra: aquel video deplorable, diciéndole a la gente que podía ir a la playa… pero sin nevera.
Una genialidad digna de estudio: turismo sin turistas, playas sin consumo y gobierno sin cabeza.

Tan grave fue el papelón que tuvo que entrar el aparato del Estado a corregir lo que el alcalde descompuso con un celular y cero sensibilidad.

Ahí quedó claro todo.

Tal vez Diego Castañón sea buen empresario.
Quizá sepa administrar números.
Pero la política —esa selva sin aire acondicionado— le quedó gigantesca.

Gobernar no es viajar.
No es improvisar.
No es obedecer padrinos lejanos.

Gobernar es estar.
Y Diego Castañón, simplemente, no está.

Porque en política, el que no gobierna su casa, termina de visita…
y a veces, ni eso: termina en el anecdotario del ridículo.

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